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Suelo fértil

enero 11, 2023

A mi madre

Hace unos días terminé de leer el libro Cosas que nunca hablé con mi madre de Michele Filgate, es extremadamente conmovedor porque muestra diferentes historias sobre la maternidad. A partir de la lectura de estos ensayos decidí escribir mi propia experiencia con mi madre.

La forma en que siempre he visto a mi mamá es como una persona extremadamente fuerte. Tanto física como emocionalmente, quizás como dice ella, es porque lo trae en el apellido: Robles. El roble es un árbol resistente, duradero y su madera suele ser muy densa comparada con otras. Sin embargo, también es una madera demasiado amable al momento de trabajar con ella. En pocas palabras, así es mi madre.

Mi madre es pedagoga, cuando mis hermanas y yo éramos niñas le encantaba contarnos cuentos infantiles, uno de ellos (mi favorito) se llama: Niña bonita de Ana María Machado. El cuento termina con la frase: "Encantos de mi madre que ahora son míos". La historia me gustaba tanto que mi mamá me enseñó a decir esta frase cada vez que alguien me hacía un cumplido. Fue un juego que mantuvimos durante años, para ser honesta, cuando era chica no la entendía del todo, sin embargo, conforme fueron pasando los años tomó mucho más sentido.

Durante muchos años vi a mi mamá solamente como eso, como una madre (persona que se dedicó a criar a sus hijas 24/7), esto hizo que perdiera de vista todas las otras cosas que también era: Mujer, esposa, hermana, hija, profesora… Persona.  Al verla solo como mamá, yo le exigía muchísimo más de lo que ella me podía dar, porque esas exigencias, en cierta forma, eran y siguen siendo, inalcanzables.

Si pudiera definir su maternidad en una palabra sería transformación. A lo largo del tiempo ella se ha ido transformando conforme mis hermanas y yo hemos crecido.

El recuerdo que tengo de mi madre en mi infancia es como una mujer exigente y protectora que constantemente nos ponía límites, definitivamente amorosa, pero la expresión de su amor muchas veces era a través de la educación. Cuando yo tenía 8 años, y ella 40, decidió regalarse de cumpleaños un check-up (estudio que incluye diversos exámenes y análisis enfocados en la salud femenina), porque años atrás, cuando yo estaba a punto de nacer, vio que tres hermanas habían ido juntas a hacerse uno. Durante 8 años mantuvo la ilusión de llegar a sus 40 años, sin embargo, cuando llegó ese momento, los resultados no salieron como esperaba. Entre citas con doctores y más análisis, el diagnóstico que le dieron fue: Cáncer de seno

Cuando mis papás nos dieron la noticia a mis hermanas y a mí, se me vinieron muchas preguntas a la cabeza ¿Cáncer de mama? ¿Qué es eso? ¿Cómo se cura? ¿Mi mamá va a vivir o a morir? Cabe mencionar que yo soy la más chica de mis hermanas, en ese momento yo tenía 8 años, mi hermana mediana, 11, y la mayor, 12. Ese año fue un año de mucha incertidumbre, mi mamá comenzó con el tratamiento que era agotador, pero como mencioné anteriormente, mi madre es como un roble, siempre se mantuvo fuerte y con buena actitud hacia la enfermedad. Mientras tanto, mi padre, como proveedor que ya era, se aseguró de mantener ese rol sin dejarse quebrar, sin mostrar el miedo que tenía por la posibilidad de perder a su esposa y quedarse con 3 hijas. Si pudiera regresar el tiempo le pediría que nos hablara más, que fuera un poco más vulnerable y que se permitiera sentir todo eso que estaba resistiendo. Mis hermanas asumieron roles de cuidadoras hacia mí, cada una a su manera, y yo, la más chica, viví todo como si fuera una película, en la que mi madre luchaba por su vida siempre con una sonrisa en la cara, manteniendo sobre todo su rol de mamá. A pesar de que fue una experiencia muy fuerte y penetrante para los 5, para mí, fue uno de los primeros momentos en que me sentí extremadamente cercana a ella, quizás porque en el fondo sabía que la muerte era una posibilidad que por primera vez no se sentía tan lejana.

A partir del cáncer, mi madre vivió su primera transformación, o al menos así lo viví yo. De ser una madre sumamente protectora y exigente, se convirtió en una madre divertida, mucho más amorosa, liviana y liberal, que buscaba hacernos responsables de nuestras propias vidas, por si en algún momento ella ya no estaba. Ver este cambio tan inmediato hizo que mi perspectiva de la vida se modificara. Mis hermanas y yo nos hicimos muy cercanas y la relación con mi papá era muy amorosa, fueron años lindos donde siempre se sentía cierta calma.

Después de unos años, toda esa calma se derrumbó de un día para otro. Mis papás nos reunieron a mis hermanas y a mí para darnos la noticia de que se iban a divorciar, en ese momento, como cuando nos dieron la noticia del cáncer se me vinieron muchas preguntas a la mente: ¿Por qué? ¿Es mi culpa? ¿Por qué se va mi papá? ¿Por qué se queda mi mamá? Como era la más chica, muchas de esas preguntas no tuvieron respuesta hasta años después. Al igual que con el cáncer, mis hermanas tuvieron un rol de cuidadoras hacia mí, constantemente buscaban mi bienestar a pesar de que muchas veces renunciaran al suyo. Creo que, si ellas no hubieran estado ahí, yo sería una persona totalmente diferente. Sin duda, agradezco siempre sus cuidados y su presencia porque me han hecho la vida mucho más ligera, a pesar de que ellas la estuvieran viviendo de una forma totalmente diferente.

Durante el proceso de divorcio, y hasta unos años después, mis papás rehicieron sus vidas, cada uno a su manera con las herramientas que tenían. Mi padre hizo otra familia, mi madre entró en una búsqueda de sí misma cuestionándose todo lo que era y lo que había sido hasta ese momento. Como mis hermanas y yo nos quedamos con mi madre, y yo tenía muy poca información sobre el motivo del divorcio, mi relación con mi madre se quebró, estuve enojada con ella muchísimos años, constantemente me preguntaba por qué se había separado de mi papá, si a mis ojos, era un excelente hombre.

Pero más allá de todo ese enojo, ahora puedo ver que lo que yo sentía realmente era una profunda tristeza por el derrumbe del ideal de familia que yo tenía, pero, sobre todo, por ver a mi mamá tan deprimida que no había nada que yo pudiera hacer para sacarla de ese estado de ánimo. Durante los años siguientes al divorcio, mi madre comenzó a buscar quién era ella más allá de ser mamá, el rol que había cumplido bastante bien durante tantos años. Esto fue extremadamente doloroso para mí porque sentía que se estaba alejando y distanciando de mí, de su hija, y yo, de mi madre. Años después descubriría que esta decisión fue una de las mejores decisiones que tomó para ella y para nosotras.

En esa búsqueda mi madre poco a poco fue probando diferentes espiritualidades hasta encontrar una que hasta el día de hoy ha sido la mejor herramienta para ella y para nuestra relación. Esto fue en el 2016, cuando yo estaba empezando la licenciatura en psicología. Yo creo que cada una tomo un camino que nos llevaría a sanar, para después volvernos a encontrar.

De unos años para acá, mi mamá comenzó a abrir temas que había silenciado y vivido sola durante muchos años. Secretos familiares, silencios, patrones, patologías, muertes… Yo, al haber estudiado psicología, me interesé bastante en todo lo que ella tenía que compartir, sobre quién era ella y de dónde venía, más allá de la maternidad. Esto permitió que nuestra relación se transformara en una relación mucho más cercana y vulnerable.

Ahora sé que mi madre no tuvo una infancia fácil, desde niña fue una persona muy dispersa y energética, lo que provocó que tuviera muchas dificultades en su vida. Al conocer a mi papá a sus 18 años vio una dinámica totalmente diferente en su familia y esto hizo que se enamorara rápidamente, al casarse tuvieron buenos años, pero también hubo malos ratos. Hoy en día agradezco su divorcio y la forma en que ambos nos siguieron (y siguen) criando a mis hermanas y a mí.

Gracias a todos estos cambios que hemos vivido como familia, pude ver a mi madre en diferentes facetas más allá de la maternidad. Estos últimos años he podido conocer a mi mamá como hija, al contarme cómo era mi abuela con ella, como hermana, como esposa, como amiga, pero sobre todo como una persona con gustos y disgustos propios.

Como hija ha sido una experiencia hermosa ver todas las transformaciones que ha vivido mi mamá a lo largo del tiempo, ahora veo que quizás estudié psicología por tratar de encontrar una manera de hacer sentir mejor a mi mamá cuando estaba en el proceso de divorcio, pero también me especialicé en temas de fertilidad y salud reproductiva por el cáncer que vivió en el que la muerte era una posibilidad.

Mi forma de sanar y conocer a mi madre muchas veces ha sido a través de los estudios, tratar de entenderla, conocer su pasado, saber quién es, para en cierta forma, saber quién soy yo. Nuestros caminos no siempre han coincidido y eso es una de las cosas más bonitas de nuestra relación, que, a pesar de no coincidir, de una u otra forma siempre encontramos la manera de volvernos a acercar.

Hoy en día muchas personas nos dicen que mi madre y yo caminamos igual, nos comportamos igual y que cada vez nos parecemos más en nuestra forma de ser. Cuando alguien me refleja el parecido que tengo con ella se me viene a la mente la frase que la escritora Ana María Machado nos regaló y que nos ha acompañado durante toda nuestra relación:

Encantos de mi madre que ahora son míos

Gracias ma por ser como eres y por compartirme tus diferentes facetas más allá de la maternidad.

 

Referencias:

Filgate, M (2021). Cosas que nunca hablé con mi madre. Ciudad de México: Diana.

Machado, A (1986). Niña Bonita. España: Ediciones Ekaré

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